Punto y principio

No me gustan los puntos finales, prefiero los puntos seguidos, que la historia continúe que no se detenga. Tampoco me gustan los puntos aparte. Cuando paras a reflexionar, cuando haces un alto en el camino pero sigues con la misma historia de siempre.
En nuestra historia de amor, hubo varios puntos seguidos. Eso fue el principio, cuando alargábamos los cafés, cuando compartíamos los postres después de las comidas, cuando aprendíamos bailes de salón, cuando me dejabas elegir el lado de la cama.
Después hubo algunos puntos aparte. Nos dimos un tiempo, reflexionamos y quisimos volver a las cenas para dos, a los paseos nocturnos, a las cervezas en Jambox, a las noches compartidas. Seguimos compartiendo nuestra vida como si nos perteneciera a los dos, como si no fuera posible establecer un punto y final.
Pero, sin quererlo, llegó ese día. El día en el que esta historia se acabó y dibujamos un punto final claro, firme y conciso. No hubo marcha atrás, no hubo más puntos apartes, la historia no siguió.
Y ese punto final, sin saber cómo ni porqué, se convirtió para mí en un punto y principio. Final de cosas malas y desagradables, final de un desamor, de una derrota, de un fracaso y principio de una nueva vida, una nueva vida sin ti pero con muchas más cosas, de una nueva historia que estaba a punto de comenzar.
¿Cuántas veces hemos simulado que un punto y final es un punto y seguido? ¿Cuántas veces hemos luchado a contracorriente intentando seguir escribiendo una historia? Muchas, muchas veces. Hasta que un día comprendes que hay que cerrar historias, que hay que fijar desenlaces. Que tú no eres conmigo y que yo solo soy sin ti.
Punto y final de una historia sin ti.
Punto y principio de una historia para mi.

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